Maternidad migrante: criar lejos de casa y volver a construir el hogar

La maternidad migrante, la soledad invisible y el desafío de criar lejos de casa

Fecha de publicación: 10/05/2026

Por: Nathaly Bosch, redactora el CIM-MT.

Para nadie es un secreto que migrar transforma la vida de las personas, pero cuando la experiencia atraviesa la maternidad, el cambio deja de ser únicamente geográfico. También se vuelve emocional, físico, económico y profundamente identitario. 

Para muchas mujeres migrantes, criar lejos de su país implica aprender a sostener una familia mientras intentan sostenerse a sí mismas.

En el marco del Día de la Madre, conversamos con Elizabeth Arellano Espejo, mamá migrante de dos hijos, especialista en crianza y aliada del Centro Integral de la Mujer Madre Tierra, sobre las realidades invisibles de criar lejos de casa: la soledad, el agotamiento emocional y la reconstrucción de la maternidad cuando desaparecen las redes de apoyo.

Porque la maternidad migrante no siempre se parece a las imágenes idealizadas que solemos ver. Muchas veces ocurre lejos de las abuelas, las amigas, las vecinas o esa “tribu” que históricamente acompañaba la crianza.

“Todo lo que imaginé y todo lo que me ofrecieron durante el primer embarazo se esfumó. Básicamente una, muchas veces, se construye como mamá desde el abandono y la soledad”.

La soledad de criar lejos de la red de apoyo

Uno de los duelos más silenciosos de las madres migrantes es la pérdida de la red de cuidado. Esa mano que antes parecía disponible para acompañar una cita médica, cocinar algo caliente o simplemente cargar al bebé unos minutos para descansar.

En muchos casos, incluso pedir ayuda implica coordinar con semanas de anticipación, pagar por cuidado infantil o aceptar límites de tiempo porque todas las personas alrededor también están intentando sobrevivir.

“Extrañas a una abuela, a una tía o a una vecina cuando tienes que ir al mercado, ir a una cita médica o resolver cualquier cosa, y debes cargar con tus hijos porque no tienes otra opción”, explica.

La conversación sobre maternidad suele romantizar la idea de “crear tribu”, pero Elizabeth reconoce que para muchas mujeres migrantes esa tribu no aparece fácilmente. Algunas amistades desaparecen después del parto y el aislamiento emocional puede profundizarse durante el postparto.

“Con mi segundo postparto estuve a punto de pedir medicación para la depresión por la soledad absurda en la que vivo”, relata.

Criar entre dos culturas y dos idiomas

La maternidad migrante también implica negociar constantemente entre culturas, idiomas y formas distintas de entender la crianza.

Desde la alimentación hasta los modales, pasando por la escuela o la forma de relacionarse socialmente, muchas madres sienten la presión de preservar sus raíces mientras sus hijas e hijos crecen en un contexto diferente.

“Vives con el corazón en dos sitios y hasta en dos idiomas”, resume Elizabeth.

En familias migrantes donde no existe una comunidad extensa cerca, preservar hasta el español puede convertirse incluso en motivo de culpa o cuestionamiento externo. Algunas madres reciben críticas por no “hacer lo suficiente” para transmitir el idioma o las costumbres de su país de origen, sin considerar el agotamiento físico y mental que implica criar en otro contexto.

A eso se suma la necesidad constante de recordarles a sus hijas e hijos que pertenecer a dos culturas no debería ser motivo de vergüenza, sino parte de su identidad.

El agotamiento que casi nadie ve

Muchas madres migrantes viven entre jornadas laborales exigentes, tareas domésticas, crianza y burocracias relacionadas con salud, escuela o procesos migratorios. Todo esto mientras intentan adaptarse a sistemas desconocidos y, en ocasiones, difíciles de navegar.

El acceso a la salud también representa una brecha importante. No todas las ciudades cuentan con servicios médicos adecuados para personas inmigrantes y muchas mujeres atraviesan embarazos o postpartos sin suficiente acompañamiento.

Además, en países como Estados Unidos, muchas madres deben regresar a trabajar apenas semanas después de dar a luz debido a la falta de políticas de protección postparto.

“La separación entre madres y bebés resulta muy abrupta porque deben volver a trabajar tan rápido. Es algo muy duro”, explica Elizabeth.

Redefinir qué significa “ser una buena madre”

Lejos de la idea de la madre perfecta —esa que puede con todo, nunca se cansa y siempre sabe qué hacer—, la experiencia migrante obligó a Elizabeth a reconstruir su propia idea de maternidad.

Criar lejos de las redes de apoyo, en otro idioma y bajo nuevas exigencias, también implica cuestionar las expectativas culturales y la culpa con la que muchas mujeres crecen.

“Ahora entiendo que cada una es perfecta a su manera. Todas estamos haciendo lo que podemos con lo que tenemos”, reflexiona.

Con el tiempo, también dejó de buscar validación externa para medir si estaba criando “correctamente” a sus hijos. Aprendió a reconocer el cuidado en las pequeñas cosas cotidianas: leer ingredientes, respetar las rutinas, acompañar emocionalmente y enseñar valores desde el amor y la presencia.

“Ya no es la aprobación ajena lo que me hace sentir que lo estoy haciendo bien. Son mis hijos. Cuando los veo grandes, sanos, diciendo ‘por favor’ y ‘gracias’, lo sé”.

Sin duda, la maternidad migrante transforma la relación con el hogar, con el cuerpo y con la identidad. Para Elizabeth, hoy la palabra hogar tiene un significado mucho más emocional que territorial: “Hogar es el lugar donde me siento a salvo”.

Una maternidad en construcción

Aunque el cansancio pesa y muchas veces las redes de apoyo no alcanzan, las madres migrantes siguen construyendo vida, comunidad y oportunidades para las próximas generaciones. También están transformando la manera en que entienden el cuidado, la resiliencia y el amor.

“Me hubiera gustado que alguien me dijera que esta sería la transformación mental y emocional más importante de mi vida. Que nada es para siempre aunque parezca eterno y que pedir ayuda no es debilidad”.

Quizás ahí habita una de las verdades más profundas de la maternidad migrante: aprender a reconstruirse mientras se cría, aceptar que no existe la perfección y entender que incluso en medio de la incertidumbre, se puede construir un hogar.

Uno nuevo. Uno posible.

Desde esa misma experiencia de atravesar la maternidad migrante sin tribu ni redes cercanas, Elizabeth también creó Walk and Talk Mamis, un espacio bilingüe y comunitario pensado para madres, hijas e hijos que buscan conectar, aprender y construir vínculos desde la experiencia migrante.

El proyecto nació en medio del postparto en soledad y del deseo de que sus hijos también pudieran crecer escuchando su lengua materna, compartiendo el español con otras familias mientras transitan el camino bilingüe desde el juego, la conversación y el encuentro.

Porque incluso cuando la red desaparece, muchas madres migrantes siguen encontrando formas de construir comunidad, criar desde el amor y reconstruirse en el proceso.

Al final, la maternidad migrante también es eso: ensayo, aprendizaje y transformación constante. Y como dice Eli: “Sigo siendo una mamá en construcción”.

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