Esta es la segunda entrega de una serie sobre Pensilvanos en recuperación del trastorno por consumo de sustancias y cómo el estigma les afectó en su proceso de recuperación. Esta serie es una colaboración entre Public Good News, Centro Integral de la Mujer Madre Tierra y Life Unites Us. Si quieres compartir tu historia, escríbenos a info@publicgoodnews.com.
[Nota del editor: El contenido de esta entrevista ha sido editado para mayor brevedad y claridad.]
Carmen Albrecht, 58 años
Coordinadora de alcance comunitario bilingüe en Peace and Harmony House en el Condado de Berks
Reading, Pensilvania
Soy una madre de cinco hijos. Tengo 22 nietos, seis bisnietos y estoy casada hace 16 años. Vine a Estados Unidos desde Puerto Rico en el año 1979, cuando mis padres se separaron. Mi padre era una persona que luchaba mucho con el alcohol y era abusivo con mi mamá.
Me quedé en Estados Unidos con mi papá, y en ese tiempo decidí hacer una familia a muy temprana edad: A los 21 años ya tenía cinco hijos. Muy poco después de haber tenido a mis hijos, fui introducida a la cocaína. Menos de un año después, ya estaba completamente adicta.
En ese entonces, ya para el 1996, había perdido a mis cinco hijos por parte de los servicios sociales, porque ya estaba entregada a una adicción.
Me controló completamente, no solamente mentalmente sino también física y emocionalmente. Curaba mucho mis penas, mucho dolor y mucha soledad que yo tenía en ese entonces, como una madre soltera.
Fueron muchas las veces que intenté salir de la adicción porque la gente quería que yo cambiara, para que recogiera a mis niños y echara pa’lante. Yo era una persona joven, de 27 años. Con la adicción no solamente perdí mi dignidad, perdí el orgullo, perdí la fe.
Fueron muchos los azotes, porque mi gente me miraba diferente y ya la gente no me respetaba… el estigma me aplastó completamente. Y así continué con ese dolor.
Me trataron mal. Me decían “drogadicta”, me decían “sucia”, me decían que yo no valgo nada, me decían “te quitaron los hijos porque te lo mereces”, “tu familia nunca va a aceptarte así”. Hubo un tiempo, en el 2002, donde yo busqué ayuda y me entregaron a mis hijos, y como un año y medio o menos después, los volví a perder.
Esto es algo que yo escribí:
«En la lucha contra la adicción por más de 10 años, una de las heridas más profundas, no vino solo de la droga, sino del estigma que me rodeaba. La gente que me llamaba drogadicta, me miraba con desprecio, como si yo fuera menos de un ser humano. Con el tiempo, esas palabras empezaron a sentirse como si fueran verdad.
Me sentía inútil, me sentía sin valor, convencida de que ese era el único destino que me esperaba. El estigma no solo duele, te aplasta completamente, te hace creer que no te mereces la ayuda, te hace esconderte de la gente, te hace esconderte como si fueras un gusano completamente enredado ahí, te hace pensar que no hay una salida. Y cuando ya estás en ese punto más bajo, que ese juicio te puede hundir aún más, te hunde más.No fue hasta que pasé por muchas cárceles, por instituciones, que pude detenerme lo suficiente para ver qué podía hacer y que había esperanza para mí, y allí yo recibí la estructura y el apoyo de la oportunidad y de empezar a reconstruirme.
Cuando salí de la prisión, ya había conocido a una persona, y esa persona no me juzgaba por mi forma de ser. Esa persona me apoyaba, y yo pensaba, “eso no puede ser, porque a mí nadie me quiere”, pero él fue el único que estuvo ahí, bien fuerte conmigo. Así fue como empecé mi recuperación.
Tenía que ir a la corte, tenía que ver al juez, tenía que ver al parole, tenía que ver a los servicios sociales, tenía que cuidar de mi salud mental, tenía que mantener un trabajo, tenía que mantener una casa, y para mí eso era mucho. Pero con el apoyo de quien ahora es mi esposo, el apoyo de un trabajo que tenía, pude terminar todos esos programas en 18 meses.
Y luego dije, “tengo que hacer un cambio en mi vida, tengo que ayudar a aquellos que están donde yo estaba”. Si no los ayudo, no van a encontrar la salida, porque esto es bien difícil.
Y eché todo eso que me dolía tanto, lo eché a un lado, porque esos nombres y esas pisaderas que me dieron, eso era la adicción, esa no soy yo. Yo soy diferente, yo soy una persona fuerte y yo puedo hacer esto, y así pues, poco a poco seguí. Empecé a estudiar y volví a la escuela. Obtuve mi GED. Terminé un curso de 18 meses de drogas y alcohol, de consejera, conseguí mi primer trabajo sirviendo a las personas con salud mental, y en el 2008 estaba trabajando como asistente de trabajadoras sociales en un hogar de transición.
Tenía un hambre bien grande de poder echar para adelante y seguir aprendiendo mucho más de lo que la droga le hace a la gente, y el daño que yo me hice, cómo yo pude superar el estigma de cómo la gente me trataba y de cómo me veían. Tenía que aprender a caminar con la frente en alto y no mirar atrás y darme el orgullo de que yo no soy esa persona, de mirarme en el espejo todas las mañanas y verme y decir “wow, yo soy guapa”.
Así que seguí estudiando, también me gradué de Certified Recovery Specialist, tengo un diploma de drogas y alcohol, de consejera, también tengo más de 200 certificados relacionados al servicio de las drogas, del alcohol, la salud mental y las personas sin hogar, porque yo también pasé por todo eso.
Hasta hace poco trabajé en el Hope Rescue Mission con personas con adicción, personas sin hogar y la salud mental. Y ahora estoy trabajando como coordinadora bilingüe de alcance comunitario en Peace and Harmony House en el Condado de Berks.
Y todavía a la edad que tengo, quiero seguir, quiero echar pa’lante, quiero ayudar en todo lo que pueda ayudar. He podido ayudar a miles y miles de personas y he podido enviar al centro de rehabilitaciones a personas que confían en mí inmensamente. Tengo una familia que me ama incondicionalmente. Los nietos me aman. Y por la gracia de Dios, hoy llevo 21 años sobria.
Llevo 18 años trabajando en el campo de la adicción, acompañando a personas que viven lo que yo viví y cada día veo como el estigma sigue siendo una barrera enorme para quienes buscan ayuda. Por eso hablo de esto, porque nadie debería sentirse definido por sus peores momentos. La recuperación es posible cuando reemplazamos el juicio por la compasión.
Si tú o alguien que conoces considera el suicidio o la autolesión, o si estás ansioso, deprimido, triste y necesitas hablar con alguien, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al 988, o envía la palabra AYUDA en un mensaje de texto o de WhatsApp a la Crisis Text Line al 741741. Para recursos fuera de los Estados Unidos, visita esta página web.
Si buscas ayuda para el trastorno por consumo de sustancias o la salud mental en Pensilvania, encuentra una lista de recursos aquí.
Este artículo contó con el apoyo de Life Unites Us, una campaña de salud que recibe financiación del Departamento de Programas de Drogas y Alcohol de Pensilvania. Public Good News conserva el control editorial total sobre sus reportajes.