La urgencia de las mujeres por cuidar el territorio que habitan

Fecha de publicación: 27/04/2026

Por Lixandra Díaz Portuondo

 

¿Hay alguna relación particular entre las mujeres, la justicia ambiental y la construcción de comunidad? La respuesta es sí, y los argumentos fueron defendidos por veinticinco mujeres líderes latinas durante el Sexto Congreso “Todas las mujeres que habitan en mí”.

Este año el Centro Integral de la Mujer Madre Tierra abrió los micrófonos -durante los días 17 y 18 de abril- a quienes habitan sus territorios luchando por la sostenibilidad medioambiental y comunitaria.

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Hay una relación directa, física y emocional entre la vida de las mujeres y la naturaleza de su entorno. Obtener justicia ambiental y construir comunidades saludables no es una tendencia snob de instagram, sino una necesidad de supervivencia social.

Foto del CIM-MT

La falta de acceso al agua limpia y potable y a alimentos saludables, la contaminación del aire, el uso de fertilizantes químicos, los incendios forestales se sienten en el cuerpo y el alma. 

Como es de suponer hay cuerpos más privilegiados que otros. Para las mujeres migrantes, racializadas y de bajos recursos la crisis climática es un factor que determina el techo bajo el cual se habita, el plato que se pone en la mesa, la fertilidad, las enfermedades que a largo plazo se esperan o se vuelven genéticas, así como la disponibilidad de plantas que nacen en los caminos para curar a la comunidad.

Pero la solución no es siempre la que se vende desde la mirada occidental: clasificar desechos en los recipientes correctos, construir industrias lejos de las ciudades y minimizar la emisión de gases. Para entender la profundidad del asunto hay que “abrir la mente a la otredad”, como sugirió la ponente mexicana Rosario del Carmen Gutierrez.

Ella rindió homenaje a sus ancestras, en especial a su abuela con una ponencia sobre el papel de las personas Wujtyal: “figuras espirituales y comunitarias que articulan la memoria, la ritualidad y el vínculo con la madre tierra, sanan el territorio, cuidan los nahuales y lugares sagrados.

Sin embargo, las mujeres Wujtyal, como las de otras comunidades originarias son sometidas a violencias, entre ellas la legal dado que son privadas del derecho formal a la tierra que protegen, al tiempo que su cuerpo es atacado como extensión del territorio. 

Estas limitaciones suelen tomarse en espacios citadinos sin la voz de las comunidades. Por eso, también se ha vuelto un activismo ocupar espacios académicos, estrados políticos y demás plataformas hegemónicas  para exponer la realidad y los recursos de las poblaciones ancestrales.

La activista yánesha por la justicia climática, Marcia Pashco
, es también ejemplo de ello. Estudiar en la Universidad la separó del territorio amazónico donde creció, pero su relación con la naturaleza persiste. Ahora, intercambia sus saberes con otras mujeres para que siembren, disputen su territorio y transformen lugares baldíos en espacios de soberanía alimentaria.

Otras mujeres llegan a esta lucha por episodios puntuales, como Manuela Royo quien sintió de cerca el impacto de la quema indiscriminada cuando, con un bebe en brazos, luchaba por apartar el humo que llegaba a su casa desde un incendio cercano. Junto a Priscilla Souza presentó la ponencia “Ecofeminismos frente a fuego en el modelo forestal chileno”. Ambas madres chilenas ayudan a otras mujeres a exigir su derecho al territorio saludable no adulterado y explican el por que el ecofeminismo es una vía para resistir ante un sistema que quema sin analizar el entorno.

Estos actos contaminantes desbalancean el sistema nervioso, tal y como explicó la ecuatoriana Paola Paredes en su exposición sobre la ansiedad urbana generada por el clima, el ruido y el aire denso. Desde su experiencia como líder comunitaria, explicó que la estabilidad emocional de las personas mantiene una relación estrecha con el bienestar de la naturaleza circundante. Se afectan mutuamente.

Foto del CIM-MT

La relación recíproca es algo que se debe tener muy en cuenta en temas medioambientales, incluso en las soluciones. Prueba de ello es el ecosostenible Manzanares, un modelo Integral de Gestión Circular de Residuos presentado por la ingeniera colombiana Ruth Merly Lopez Laverde y que demuestra cómo los saberes científicos puede ser aterrizados a la realidad comunitaria para crear soluciones que garanticen la salud del entorno.

Con la intención de reciclar también estuvo la ponencia de la brasileña Mariana Pinho quien a través de “Sustenta Carnaval” nos pone la pregunta: ¿A dónde van los trajes del carnaval? 

Los trajes que tenían como máxima vida útil lo que duraba el show, ahora son recolectados por este proyecto para ser, según su peso, vendidos, donados o reutilizados.

Así, también se logra una gestión circular socioambiental que cierra el carnaval con la generación de ingresos y empleo para personas de la industria de la samba, donaciones para escuelas y artistas, y la reducción de emisiones de C02 que requiere la producción de estos textiles.

Otra de las visiones compartidas del evento fue la de crear soluciones climáticas a partir del conocimiento de las mujeres que viven en las comunidades y permitirles liderar esas iniciativas. Las venezolanas María Victoria Canino y Anabella Tartaglia explicaron que las mujeres ejercen los roles de cuidadoras de hogar, dependientes de recursos naturales, responsables del alimento, la energía y el agua.

Esta experiencia las ha dotado de “conocimientos empíricos que deben ser escuchados, validados y respetados desde los espacios multilaterales, la academia y la ciencia, en vez de ser traducidos o utilizados como testimonio”.

También, como vínculo entre los procesos lectivos y la comunidad escuchamos la ponencia de la mexicana Samanta Claret Anaya sobre el proyecto arrecife Escolar.  La propuesta responde a la “desconexión entre las poblaciones urbanas y los ecosistemas marinos, utilizando el muralismo comunitario como una herramienta de alfabetización oceánica y comunicación climática dirigida a infancias y juventudes en la Ciudad de México”.

Por su parte, la argentina Maria Fernanda Tundis defendió la necesidad de políticas públicas que protejan a quienes cuidan. “No hay justicia ambiental sin justicia social ni reconocimiento de las tareas de cuidado que sostienen la vida”, dijo.

Para Tundis, las soluciones climaticas deben crearse desde la educacion ambiental feminista, entendiendo esta como “una práctica pedagógica y política que reconoce el cuidado como dimensión central para abordar la crisis socio-ambiental actual”.

Y en función de hacer los cuidados sostenibles pudimos escuchar la experiencia magistral de Gabriella Gabriel Paez, quien convirtió su compromiso medioambiental en un negocio sostenible para su familia y su comunidad. A través de BR Hardscape and Landscape Design+ promueve comunidades más resilientes al cambio climático y crea oportunidades de trabajo para comunidades invisibilizadas en la industria de la construcción.

Foto del CIM-MT

El debate sobre la crisis medioambiental atrajo al Congreso a activistas, trabajadores, profesionales, líderes comunitarias de Ecuador, México, Chile, Perú, Brasil, Inglaterra, Colombia, Venezuela, Argentina y Estados Unidos lo que permitió tener un panorama diverso sobre cuáles son los retos que enfrentan los diferentes países en términos de justicia ambiental.

Las ponencias tuvieron en común algo más que el interés por el entorno: el esfuerzo de muchas mujeres por sostener la vida de su comunidad de forma efectiva. En tanto, la aprobación de soluciones ambientales requiere procesos burocráticos y con códigos a veces inaccesibles para ellas.

Como resultado las mujeres escuchan su entorno, e idean alternativas aplicables, sostenibles e inmediatas porque, desde una percepción realista, saben que cuidar la tierra, comer sano, respirar aire limpio, enfermarse menos, evitar malformaciones congénitas durante el embarazo, -entre otras consecuencias de la contaminación ambiental- no puede esperar a que personas ajenas quieran escuchar. 

Foto del CIM-MT

“No se puede gobernar un territorio donde no se habita”, dice uno de los pensamientos c’hol compartidos por Rosario del C. Gutierrez. Cada una de las participantes, desde sus diferentes países y contextos, concordaron en esta idea: las mujeres no deberían esperar permisos externos para decidir sobre el bienestar de los territorios que habitan, regulan y cuidan. 

Tienen sobradas capacidades y derechos para tomar medidas que minimicen las consecuencias de la crisis climaticas. Les urge; las consecuencias ya están aquí y el cuerpo no espera. 

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