La campaña antimigratoria implementada y televisada en Estados Unidos por el gobierno de Donald Trump en 2025 tiene un carácter tan expansivo que parece cinematográfico. Sin embargo, en las casas desde donde se mira la película se puede medir el impacto real de cada medida.
Este artículo muestra algunos de esos hogares en Filadelfia que, desde enero de 2025, han pasado de ser dormitorio a caparazón protector para quienes, por perfil étnico y situación migratoria, son sujetos de captura.
Orgullo y persistencia en la casa del criollo
Kalli* y Subi* son migrantes haitianos. En su tranquilo hogar, retratos felices de miembros de la familia adornan las paredes y las mesas. A pesar del temor de que se cierne sobre su estatus migratorio, permanecen alegres y orgullosos de su herencia y se adaptan a cualquier problema que surja.
Kalli tiene más de 30 años y habla de sus raíces haitianas. Está orgulloso de pertenecer a la primera república negra en ganar su libertad. Emigró como muchos otros inmigrantes en busca de mejor pago y mejor vida, explica. Vino con el programa de Parole Humanitario (CVHN) del gobierno de Joe Biden, que luego Trump cerró, dejándolo en un limbo. Una vez aquí, se le negó TPS y asilo porque su método de llegada fue por avión.
“En mi último trabajo, reunían a todos los trabajadores y básicamente nos decían que no podrían hacer nada por nosotros; no nos ofrecerían protección si ICE entraba”, dijo y añadió: “[He estado trabajando] con mucha precaución… Realmente no salgo para nada, porque tengo miedo. No sé qué hacer exactamente”.
Subi, de 25 años, vive otra realidad. Llegó siendo niño tras el terremoto que devastó Haití en 2008. Actualmente, se siente “traicionado” por el gobierno federal; el “sueño americano” que les prometieron se convirtió rápidamente en una falsa esperanza. Cuenta cómo su madre llegó a Estados Unidos con muy poco y luego se forjó “de la manera correcta”: pagó sus impuestos, compró una casa y siguió los trámites legales.
“[Los inmigrantes] aceptamos los recortes salariales. Sin inmigrantes en este país, se desmorona rápidamente. Normalmente hacemos el trabajo que nadie más hace; somos parte integral de todo este sistema… [Además], el proceso de inmigración es difícil y muy caro: decenas o cientos de dólares. Y los abogados de inmigración son caros”.
Subi y Kalli hablaron sobre cómo la comunidad haitiana se vio muy afectada durante el debate presidencial cuando Trump afirmó falsamente que los inmigrantes haitianos comían perros y gatos.
“Culturalmente y en términos visuales, [Trump] lastimó mucho a los haitianos. Duele que, cuando la gente piense en mi país, piense en violencia. Ya estamos lidiando con ese tipo de problemas. Fue muy doloroso este año ver que nos usaran como un medio para ganar votos porque la gente cree en eso. Buscar chivos expiatorios es, en cierto modo, la raíz de todos los problemas que ocurren en este país”.
Pertenecer, el camino sin fin
La mayoría viene en busca del “sueño americano”, pero pocos saben que, aún alcanzándolo, les quedará por recorrer el camino de pertenecer. Según la cultura parental, país de origen, etnia, tipo de visa o entrada migratoria, la experiencia de cada persona cambia. Galys* y Louise son muestra de ello.
La primera tiene 18 años, nació aquí y vive con sus padres que emigraron desde México hace más de dos décadas. La segunda tiene 30 años y llegó a los 12 años procedente de una familia brasileña que pretendía comenzar una nueva vida.
No se conocen, pero tienen algo en común: aunque sienten este país suyo, cuando intentan acceder a los beneficios del lugar donde han crecido, sus raíces pesan.
Galys ganó una beca completa para estudiar Comunicación Deportiva en la Universidad de Temple, pero días antes de empezar el curso, le notificaciónon que no era elegible porque no apareció el recibo de los impuestos de 2023 de sus padres.
“Mis padres no tienen sus oficiales, como son ilegales todo tiene que ser bajo otra identificación. Durante estos 20 años mis papás solo han trabajado. Han tratado de hacer sus impuestos. Muchas personas dicen que los inmigrantes no pagan impuestos, pero realmente sí lo hacemos, bajo otra identificación”.
Contrario a lo que muchas personas piensan, “las leyes migratorias estadounidenses ofrecen pocas vías a los inmigrantes indocumentados para regularizarse, salvo en circunstancias muy específicas.
Esto es aún más difícil para personas que no ingresaron por un puerto de entrada oficial del país, como un aeropuerto o un cruce fronterizo regular”, como explica un artículo de Factchequeado sobre el tema.
Por ello, tanto los padres de Galys, como Subi, Kalli y muchos otros migrantes que llevan años residiendo en el país, no encuentran formas de obtener una tarjeta verde y establecerse a largo plazo sin incertidumbre.
Galys, pudo pedir una revisión de los impuestos de sus padres, pero eso tomaría más de las dos semanas que le quedaban para entrar a estudiar. Además, se enfrentaba a un nuevo miedo: poner a sus padres en peligro.
“Si el IRS ve que están haciendo sus impuestos bajo otras identificaciones, pueden hacer una denuncia ya lo mejor provocar que inmigración venga a detenerlos”, explica.
“Cuando me dieron la beca, les dije a todos:. Yo me gusta ilusioné. Para mí fue muy … – y describe en inglés aquello para lo que no encuentra palabras en español; no es su primera lengua- . I was just in very much negation the all time porque me dijeron que lo pagarían todo, y al final no”, relata y añade: “Un último minuto tuve que controlarme y no como freak out para poder pensar con cabeza fría”.
Tenía que elegir otra escuela que le fuera asequible en poco tiempo. Así, decidió inscribirse en el Community College de Philadelphia donde no le pidieron probar el estatus migratorio ni los ingresos de sus padres.
“Yo solo quería entrar a una universidad, una educación porque mis papás nunca tuvieron la oportunidad de tener una. Entonces , yo no me quería parar en ese momento, solo buscar una solución para entrar a estudiar”, dijo Galys.
***
Louise vino desde Brasil con sus padres cuando aún era adolescente. Pudo aspirar a ir a la Universidad a partir de 2008 cuando el gobierno de Obama inició el programa DACA. En ese momento también pudo solicitar un documento de regularización migratoria que debe renovar cada dos años. Además debe disponer de 550 usd y un tiempo extra para trámites burocráticos.
“Si no la envías [con seis meses de antelación], hay una gran posibilidad de que se retrase”. Una vez le sucedió y estuvo a punto de perder su trabajo en el hospital donde se encarga de hacer tomografías computarizadas, contó.
Pero la incertidumbre de un Dreamer, como se les suele llamar al grupo de jóvenes acogidos a esta ley, no termina acá. La licencia de conducir es válida mientras lo sea tu visa, así que debes renovarla también. Por otra parte, aunque pagan todos los impuestos deducibles por prestaciones sociales, no califican para estos beneficios.
-Si necesito Medicaid o si estuviera cerca de la edad de jubilación, no podría calificar para ninguna prestación a la que contribuimos, explicó Louise.
Tampoco es seguro salir del país. No lo recomienda desde aquella vez en que le pusieron problemas para volver a casa, luego de un viaje a Islas Vírgenes, un territorio colonizado por Estados Unidos.
“Soy una buena ciudadana, respetuosa de la ley y me considero estadounidense porque llevo aquí 20 años, la mayor parte de mi vida. Es desgarrador sentir que no encajas en ningún sitio, porque no siento que pertenezca a Brasil, pero hay gente que no siente que pertenezca aquí. Es muy desalentador”.
Y es que migrar es un proceso identitario que define la personalidad de las personas, más complejo aún para quienes comparten diferentes orígenes culturales. Louise recuerda que cuando llegó la gente la consideraba “genial, exótica y diferente”. Estaban interesados en conocer sobre su cultura, pero considera que “ahora la gente [la] ve diferente”. Siente que “la sombra del gobierno [los] hizo parecer el enemigo”.
“Es solo miedo. No hay libertad en la tierra de la libertad. Así que, es como caminar sobre una cuerda floja todo el tiempo”, comentó.
Hace unos días los oficiales de immigración estuvieron a 3 puertas de su casa. Para ir al trabajo temprano tuvo que manejar justo al lado de ellos. Pero no podía pedir el día del trabajo porque estaban ahí.
“Igual tuve que ir. Hay pacientes que cuidar”, concluyó.
Volver a casa
La casa donde Gloria gestó a su hija en Filadelfia no la acogió más cuando la tuvo en brazos. Al quinto día de su posparto, a su esposo lo detuvieron, y a inicios de septiembre, tras ser puesto en libertad, fue capturado de nuevo por oficiales de migración y enviado a la prisión de Moshana.
“Él pagaba donde nosotros vivíamos. Eso me afectó bastante porque no podíamos pagar y el señor nos botó de ahí”, cuenta.
Aunque habla con nostalgia de su esposo y se describe vencida por la situación, en muy poco tiempo ha sido capaz de asumir la llegada de su hija, una especie de depresión posparto, la distancia de su pareja, las presiones económicas, además de mantener la crianza de su otro hijo de once años que frecuentemente habla del papá y las actividades que compartían.
Claudia, una líder comunitaria, los albergó tras saber que se quedarían en la calle. Ahora, la ayuda a tramitar el siguiente paso:
“Por la desesperación, la depresión que ella ha vivido y la falta de su esposo, ha tomado la decisión de regresar a su país”.
Gloria explica que en llamadas con su esposo han acordado verse en la casa donde vivían porque, según le han explicado, lo van a mover a Luisiana y luego a Ecuador. Aunque su hija tiene la ciudadanía estadounidense por nacimiento, es una decisión tomada.
La casa de Claudia es hoy una muestra de la realidad latinoamericana. Por una parte, la fatalidad del perseguido y la inventiva maternal. Por otra, la tristeza de las aspiraciones no cumplidas aliviadas por el apoyo de la mano hermana. Este ambiente, descrito comúnmente en el cine para aludir a la pobreza de los pueblos del sur, en la vida real es la valía que no pueden deportar.
“Hay personas que vienen y me preguntan: “¿Cuándo va a terminar? Yo no tengo una respuesta porque tenemos un gobierno que tiene que pasar, pero para eso faltan más de 3 años”, explica Claudia.
Una migración ilegalizada
Stephany llegó por parole humanitario hace un año. En su cuarto tiene fotos de La Habana, su ciudad natal, una bandera y un mural con fotos de su familia y amistades.
En junio de 2025, terminaron oficialmente su estadía y permiso de trabajo. Desde enero la administración Trump eliminó el programa y comenzó una querella para ilegalizar los paroles ya otorgados.
“Desde entonces fue un sinvivir. Recuerdo que en marzo toqué fondo. Llegó una carta que me pedía dejar el país antes del 24 de abril porque el programa ya no era legal. Fueron días confusos, pero debí mantener la calma. Aún quedaban opciones: el asilo o aplicar a mi residencia al cumplirse el año de llegada”.
Los isleños pueden pedir la Green card al año y un mes de estar en el país por la Ley de Ajuste Cubano, una política que forma parte de las tensas relaciones entre su país y Estados Unidos.
“Hasta tanto no obtener alguna respuesta, debo tener cuidado porque otros cubanos en mi situación han sido deportados por ICE, incluso a terceros países. Me mantengo atenta, pero también trato de seguir mi vida”.
Stephany cuenta que está estudiando inglés, hace voluntariado en comunicaciones y aportar a la comunidad latina es una de sus prioridades.
“Tanta incertidumbre hace que me frustre. No obstante, ver las redadas y la violencia policial también me hace pensar en un plan B por si no obtengo mis papeles porque no quiero vivir escondida, con miedo. No fue eso a lo que vine.
***
Algunos testimonios aquí compartidos utilizan seudónimos para proteger a quienes nos han compartido su historia. Respetamos esta petición, consecuencia del miedo que tienen muchos migrantes a ser identificados y deportados.
Damos voz a estos casos para evidenciar que toda estrategia política tiene impacto doméstico. Las personas somos sujetos políticos porque nuestro desarrollo y actividades rutinarias están regidas por las reglas gubernamentales de los lugares que habitamos.
Esta política es una cuestión nacional y local porque atemoriza un país, desestabiliza la economía familiar, y lleva una orden y captura contra la humanidad de la gente y la culturalidad de las casas. Una pantalla parece protegernos de la macropersecución cuando vemos las noticias en televisión o Tik Tok, pero basta apagarlas para notar cómo entra de a poco el miedo en nuestras casas para hostigar los cuerpos y las mentes.
*Estos son seudónimos utilizados a petición de los protagonistas para proteger sus identidades.Por: Centro Integral Madre Tierra, Kiara Santos
“Este contenido forma parte de “Más Allá del Miedo: Respuestas comunitarias ante el nuevo ciclo de criminalización migrante”, un proyecto periodístico de soluciones del Centro Integral de la Mujer Madre Tierra, en alianza con PhillyCAM y Kensington Voice, con el apoyo de Philadelphia Journalism Collaborative”.